todavía estás a tiempo

me senté en la repisa de la ventana
de un local vacío en alquiler en microcentro
a leer poemas abrochados
y a esperar a mi papá.

no sé cuánto tiempo estuve ahí,
en un momento vino un hombre con una riñonera
que tenía un logo con los mismos colores del logo de jansport:
—azul, bordó y blanco, como algún equipo de fútbol europeo—
la tipografía era distinta
y decía LSD.

limpió un poquito la repisa con manos nobles,
esas que tienen dedos asimétricos
y la epidermis seca, grisácea, casi tornasolada;
sus extremidades merecían este descanso mucho más que yo,
pero se sentó al lado mío y me sonrío:
sin hablar formamos un club.

siempre le huí al microcentro
pero ese mediodía de enero fue menos hostil que Palermo
y hasta sentí que lo conocía mejor:
las cuadras que rodeaban mi casa habían cambiado de lugar
y nada grave puede pasar en una peatonal.

estábamos en la cresta del verano:
el sol brillaba tanto que no había dónde esconderse,
hacía 27 grados y yo tenía puesto
un sweater grueso de una amiga
tejido con puntos grandes y una pátina plateada.

me dejé abrazar por un abrigo ajeno
en verano en la repisa de la ventana de un local vacío,
¿así es empezar a volverse loco
o empezar a ser homeless?
¿es un proceso o un enter?

enfrente había un local de panchos doña pancha
y dos rotiserías vegetarianas,
pensé que si me hiciera homeless quizá me regalarían sobras
a las 7 de la tarde cuando se vacían las oficinas
y los locales;
un viernes a esa hora todo podría estar en alquiler,
hasta mi alma,
y daría lo mismo,
nadie notaría la diferencia.

me llegó un mail de lojack:
"todavía estás a tiempo de..."
y no se veía el resto.
no me importa lojack
ni localizar mi auto
ni ninguna otra cosa
porque decidí ser homeless
y leer poesía fotocopiada
en pequeños huecos en las veredas del microcentro;
quise responder diciendo
“voy a probar ser feliz así, lojack,
vengo asociando muy fuerte el bienestar con el amor,
y el amor con poseer;
me parece que pifié.”

pero no escribí nada, dejé el mail ahí por las dudas
y levanté la mirada;
había mucha gente entrando, comprando y saliendo
en los tres locales de comida,
y yo quería evitar el contacto visual,
entonces divisé un local de orquídeas
–o quizá de flores en general–
y estacioné mi atención ahí.

mi flor favorita siempre fue la orquídea
blanca con venas fucsias
son caras
y cuidarlas es un quilombo.

no sé cómo me las ingenio
para convertir todo en una metáfora,
como ese mediodía que pensé que estaba sentada
frente a la bifurcación entre la pobreza
de comer sobras de arrolladitos primavera
y la prosperidad de una vida llena de orquídeas.