sangre crujiente

El efecto lisérgico 
de la gravedad 
a los doce grados
transita la perfección
de un otoño que seguramente
fue fríamente calculado 
para ser así de templado 
y saturado de colores 
y de acción.

Un desenlace violento
que pasa en cámara lenta:
entra el silencio,
la calma se despierta
cuando se juntan 
la sangre
y el oro.

Admiro las copas de los árboles
como una puntilla fina sobre el cielo,
estatuas que adornarán el invierno,
puños iracundos que reclaman a dios,
promesas vencidas por el tiempo,
las venas de un verano que murió.

Ojalá viva cien años más 
para darme cuenta de lo humana y
permanente que soy en mis falencias: 
chata, monocromática y predecible,
versus un follaje irreverente que 
se pone de acuerdo para bailar
en la caída.

Yo ni siquiera puedo decidir 
cuánto abrigo usar
o si merece la pena salir.