noche-noche

Cuando llegamos a mi casa
se había cortado la luz,
lo podría haber anticipado:
las dos últimas cuadras
de la caminata fueron a oscuras.

Solo podía ver su nariz
y sus pómulos,
mucho más arriba que
todo lo demás,
y con el brillo de los tres años
de atraso o superávit de juventud
que tenía y de la pátina de humedad
que trae enero:
36 grados de sensación térmica
a las 10 de la noche;
viento caliente,
en el mejor de los casos.

En la escalera de servicio
funcionaba una sola luz de emergencia;
seis pisos de doble altura y una sola luz
a modo simbólico,
un cuidado mínimo:
ese artefacto de plástico con
un foco de luz blanca fría es
toda la diferencia entre
estar en los detalles,
estar en un detalle
y no estar.

Esa noche no caminamos
uno al lado del otro,
aunque sus pasos eran mucho
más largos que lo míos
quedé un metro adelante;
me lo marcó tres veces en seis cuadras.

El living había conservado un aire
fresco y algo artificial, antiséptico;
entraba una luz tenue, un poco naranja,
por las ventanas que reemplazan
el cemento en la pared que da al este,
al tren y después, más atrás, al río.

–¿Viste que en verano no se hace de noche-noche?
–¿Qué querés decir?
Nunca nos entendimos la primera vez en nada.
–Eso, que el cielo no se pone negro-negro en verano.

Los edificios apagados formaban una especie de
anfiteatro deshabitado, polígonos asimétricos
superpuestos, una cantidad incierta de capas
de distintos grises antes del horizonte.

Mi casa es más linda cuando está él,
más segura por lo menos;
pensé que quizás el corte de luz
traería una situación de mayor inseguridad
porque no funcionan las alarmas;
aunque mi casa no tiene alarma,
así que da igual.

Tal vez me gustaría
que viva acá pero cuando se va
todo queda dado vuelta:
los almohadones del sillón sobre la alfombra,
vasos sucios en el piso,
a veces derrotados,
cables enredados,
aires prendidos
y el mismo disco en loop.

¿Se (me) desordena todo
porque viene
o
porque se va?

Si viviera acá, ¿encontraríamos
el orden o quedarían
los tablones de madera del parquet,
dispuestos en diagonal,
paralelos a ninguna pared,
cubiertos para siempre por sus zapatillas
y sus medias
y su mochila
y mi ropa
y la manta de polar bordó
que usamos para dormir la siesta el último invierno?

Me preguntó cómo será
la cama que comparten Beyoncé y Jay Z,
“No creo que compartan la cama
ni ninguna otra cosa
excepto hijos
y el título de ‘Beyoncé y Jay Z’”.

Nosotros tampoco tenemos
un gran patrimonio: recuerdos
de la semana perfecta y
que los dos podemos levantarnos
a comer helado
a las dos y media de la mañana.

Ocupando todo el ancho del colchón
con sus piernas largas y peludas
y el pote de telgopor encajado entre ellas,
el torso dorado, fibroso pero relajado,
parecía un gigante en la cama
de una plaza del otro cuarto,
donde está el aire acondicionado;
volvió la luz.

Buenos Aires, cómplice,
simulaba estar vacía,
todavía a oscuras:
cayó una intimidad
total y efímera
sobre la ciudad,
no:
sobre nosotros.