los invitados

Puedo imaginar con muchísima claridad
una secuencia en la que yo te echo de
mi vida como si fuera una casa:
“Me parece mejor que te vayas”
mientras te acompaño a la puerta.

Hay más gente, es una fiesta
o por lo menos una reunión,
más de veinte personas,
menos de treinta,
y nadie se da cuenta
de lo que está pasando.

Si no agarro el picaporte
con todas mis fuerzas,
con ambas manos, antes
de que se forme la primera
lágrima va a ser imposible
completar esta tarea, techos altos
y el eco de todo lo que dicen todos
tapa mi suplicio agotado:
“Andate ahora y por favor
no hagas un escándalo,
que ya bastante hay adentro mío
queriendo irse con vos.”

Tengo que concederte
que siempre que te fuiste
tuviste la decencia,
el mínimo respeto,
de no volver
sin invitación.

Algo similar pero opuesto
a la delicadeza,
una interpretación
pobre y conveniente
del querer.

Voy a estar acá
los próximos quince segundos
viendo cómo todo,
que al final no era tanto,
se desarma, se encoge y
se desintegra, y los invitados
lo confunden con cenizas
de sus cigarrillos;
les pedí que no fumaran,
y a vos, que nos cuidáramos.