cuidar y guardar

Los domingos trato de aprender algo,
capitalizar el desgano y la presión
en el pecho, el bloque de mármol
que se forma entre las clavículas
y las costillas, darme consejos
a mí misma que en cuarenta
o cincuenta años les sirvan a mis nietos:

Cuidar los días que pasamos
juntos, los que pasamos separados
extrañándonos, los que pasamos lejos,
enojados, para no olvidarnos,
para no volver a hacernos mal
otra vez, sin querer,
de la misma manera,
para no volver a llevarnos
a los mismos lugares
de los que nos costó tanto salir:
pasillos oscuros, sinuosos
y llenos de trampas que
otros pusieron ahí o nosotros
para defendernos,
no pudimos desactivarlas.

Volvamos a mi cama y a la vista
panorámica, el horizonte es otra
forma de referirnos al futuro cercano;
“esta hamburguesa es horrible
pero no importa, tenemos todo
el tiempo del mundo” dijiste.

Era mentira, ahora veo sola
la espuma verde de las copas
de los árboles que bordea las vías
y empuja el andén hasta perderse
en la curva antes de la mezquita;
sus dos torres pinchan el cielo,
descubro partecitas
del paisaje que nunca vimos.

Te llamaría para avisarte
que los pájaros están volando bajo
y pasan cerca de los balcones:
llegó esa época del año,
nos (la) vamos a perder;
te llamaría para avisarte
cualquier cosa.