barrenada

Toda mi infancia creí
que las sombras de las nubes
en el mar eran manchas de petróleo
y no entendía cómo ni por qué
nadie se alarmaba, se metían igual
hasta la parte honda.

Entre ir al espacio o al fondo
del mar, prefiero lo segundo:
hay algo en este cuerpo de agua
que nos conecta a todos,
en lo más profundo y oscuro,
donde no llega el sol ni ninguna
forma de vida, están las
respuestas que necesitamos.

A unos metros de la orilla,
un padre le enseña a su hijo a barrenar
o a esperar las olas sin miedo,
pasar la rompiente con altura.

El padre tiene una gorra azul,
adivino un souvenir de una convención
o de un torneo de golf, y el hijo
lleva una remera de lycra
amarilla fluorescente;
está a upa y el gorro y la remera
forman un composé noventoso
en dos cuerpos, fue
lo que me hizo estacionar
mis ojos en ellos.

En la arena espera la otra hija
y hermana, unos años mayor,
jugando con baldes, palas
y otras parafernalias de playa
de colores primarios
con terminación brillante.

Mi padre me dijo que ahora
prefiero la soledad, respondí que
es autonomía y que
me acompañó toda mi vida.