amor indoor

Me enamoré de él
o me di cuenta de que estaba enamorada
o empecé a pensar que estaba enamorada
la noche que cenamos gomitas azucaradas
y chocolates, yo con un buzo gigante de él,
él con un buzo gigante de su padre.

Era primavera pero en el DF no hay estaciones, dicen:
nos habíamos empapado con una tormenta tropical
antes de volver al departamento compartido de tres pisos
sobre la Av. Benjamin Franklin en el barrio de Escandón
en la periferia de los barrios chetos de la Ciudad de México
(ahora se dice así).

Su cuarto estaba entre otros dos cuartos,
los cinco compañeros de departamento
nos escuchaban cogiendo por la ventana
que daba al aire luz, la vista era más linda
para adentro:
lucecitas de navidad de un solo color,
a veces una vela prendida, el acolchado que caía
justo en el límite entre lo viejo y lo vintage,
y nosotros, rodeados de muchas bolsas
de nylon transparente con formitas de colores,
cancelando planes para quedarnos
en ese cuarto desordenado y lleno de él
y de mí o al menos de todo
lo que pudimos llevar de nosotros
a otra ciudad,
otro país,
para empezar algo que dejamos ahí.

Todavía me acuerdo del ángulo que hacíamos
para cruzar la avenida juntos
de la mano aunque a él no le gustaba porque
le transpiraban las palmas y no me creía
que no me molestaba.

Enfrente había un colegio y
en diagonal salía una calle
llena de árboles con copas rosadas,
tomábamos esa hasta llegar a otra avenida
también con boulevard,
pero más frondosa y selvática.

A medida que nos alejamos del edificio de
la Av. Benjamin Franklin pierdo visibilidad
como en la ruta a la madrugada,
los paisajes son bruma en el recuerdo:
nuestro amor era de interior.

Subís un piso para entrar al departamento,
otro para llegar al piso de las habitaciones,
abrís la puerta del medio, frente a la escalera,
y ahí estamos, todavía, con olor a lluvia
en el pelo y la piel, pasándonos
azúcar por la cara y besándonos con restos
de chocolate entre los dientes.

Tal vez uno se enamora del que comparte
los mismos vicios o desprolijidades
como cenar golosinas o
no lavarse los dientes después
de tomar coca light antes de dormir.

O no, pero es un gran alivio poder
desnudar nuestros hábitos sin miedo,
los poros dilatados de la personalidad:
hacer con otro las cosas que hacemos
cuando nadie nos ve.